Memoria de la Vereda Capilla de Dominguillo


Alegres Dominguillos
Luis Gabriel Henao Orozco


La capilla Doctrinera de Santa Bárbara de Dominguillo



La Capilla es una vereda ubicada al sureste de la cabecera municipal del municipio de Santander de Quilichao. Hasta el año 1974 era un solo territorio   junto a las veredas Dominguillo, EL Toro, Santa Ana, Llano de Alegría y El Carmen,  originado de la antigua jurisdicción colonial del Real de Minas de Dominguillo. La vereda ha sido emblemática por la Capilla Doctrinera de Santa Bárbara de Dominguillo, fundada en el s. XVIII, declarada patrimonio arquitectónico del país por decreto presidencial en 1984 y cuya restauración se finalizó en el año 2018. La Capilla de Dominguillo es el epicentro de la  localidad y considerada  el mayor  atractivo turístico del Municipio. Esta  vereda está bordeada por el Rio Páez, con llamativos paisajes montañosos,  senderos ecológicos y una riqueza cultural de sus habitantes que se expresa tanto en sus manifestaciones folclóricas como en su calor humano . Sin embargo, la larga lucha por la tierra y el sustento, que ha marcado la identidad de sus gentes, de mayoría afrodescendiente, ha dejado marcas que amenazan la estabilidad lograda por décadas de  trabajo en comunidad. Este relato de memoria nos muestra parte del camino que  han seguido desde el remoto pasado de la esclavitud, hasta el presente de una comunidad libre en su determinación, pero en  donde los intereses económicos de foráneos pareciera seguir prevaleciendo sobre el bienestar de las personas de nuestra comunidad. 

Cuentan que don Mariano del Campo Larrahondo, miembro de la iglesia, y último adjudicatario  para la explotación del oro en la región, vaticinó que también el último de sus descendientes sería el descubridor y legítimo heredero del tesoro de Dominguillo.  La endogamia se ve mucho en estos lares y por eso hay muchas familias de apellido Larrahondo. Dicen que en la vereda Santa Ana todos llevan el mismo apellido. Lo cierto es que en la vereda había mucho oro y  el primer banco que tuvieron los  ancestros fué el sacerdote de la capilla, en quien se confiaba pues  representaba lo sagrado. A él los antepasados le entregaban el oro que lograban con el mazamorreo, lo ahorraban para más adelante poder comprar la parcela que don Mariano había asignado. Vaya a saber cuántos pudieron pedir sus ahorros, con la inestabilidad de la República en esos años, después de la esclavitud. 

Son descendientes de negros esclavizados  por  los españoles, traídos a esta tierra desde las Costas de Senegal, el Congo y Guinea, de las culturas Yoruba y Bantú que allí habitaban. Los  trajeron porque los indígenas que eran originarios de este territorio fueron sometidos por los blancos y obligados a trabajar en los Reales de Minas, pero su cuerpo no estaba hecho para esas labores. Ellos  soportaron que se les tratara, durante siglos, como mera mercancía. . Los  adoctrinaron en el cristianismo, de ahí que en cada Real de Minas hubiera una capilla,  en la que se imponía el dogma para separarlos de sus  antiguas tradiciones.  “A la capilla  entrábamos de espalda y éramos separados por una cortina verde  del resto de la gente”. Así se mantuvo la tradición hasta bien entrado el siglo XX. En la Capilla aprendimos los alabados y los rezos y los sacramentos, y a entender lo que los blancos consideraban sagrado

“Cuando terminaba la misa era siempre el mejor tiempo, era el descanso: 
los domingos, por eso a nuestra tierra le llamamos Dominguillo”.
 
Cuando terminó la Colonia, la tierra no era la tierra de los pobladores.  La mina no era de ellos, aunque en sus  manos tuvieran las cicatrices de toda una era de trabajos. Seguían  siendo esclavos, y solo hasta después de 1851, cuando se abolió la esclavitud, comenzó una lucha distinta, ya no la de la libertad, que se suponía por fin se había logrado, sino la de la tierra, la de un pedazo de mundo para ellos..

“ Con don Mariano fue posible comenzar a negociar, y así, poco a poco, y con el oro del mazamorreo que se guardaba en el banco de la sacristía, fuimos comprando los solares que nos habían asignado. Nos organizamos como comunidad, éramos los negros libres de Dominguillo, esparcimos nuestra semilla y entre ella la herencia de nuestra tierra, para que no hubiera duda nunca de nuestra buena fe. Así logramos comprar también la mina, pero no hubo mucho que sacar de allí, hoy día ya nadie se dedica a eso”.  MAM

Dominguillo fue siempre un territorio  de  herencia ancestral, con excepción de las familias  y  terratenientes que  fueron adueñándose de los antiguos  Reales de  Minas. No faltaron los conflictos, y fue esto lo que llevó a la división de la gente  por allá en los años 70. No contaban con servicios públicos, y cuando comenzaron las gestiones, los intereses particulares de algunas  familias de la localidad, que se lanzaban a ocupar cargos públicos y por clientelismos buscaban ganarse el apoyo de los líderes, lograron fragmentar la gran comunidad que siempre fueron. De este pueblo de negros libres se formaron entonces las veredas del Toro, Dominguillo, Santa Ana, la Capilla, Llano de Alegrías y El Carmen.. Divide y reinarás, dice el proverbio, y tal cual se aplicó a esta  comunidad, porque desde entonces comenzaron a llegar más y más personas de afuera, a poner sus casas fincas de  veraneo, sin el sentido de comunidad que habían cultivado  durante casi dos siglos, sin el mismo afecto por el río y la tierra. 

 El  antiguo lugar de fiesta, el  paraje de recreación, el  Dominguillo ancestral representado en la Capilla estaba en mal estado cuando la declararon patrimonio de la Humanidad en 1984.  El río es un atractivo para el visitante, pero también es el sustento,  como  la  comida y las  tradiciones.  La gente es campesina, su  labor ha sido siempre la agricultura. Por muchos años cultivaron café, hasta que la roya acabó con la bonanza, luego pasaron al siguiente cultivo que estaba  en boga, y no pensaron s dos veces para talar los árboles ancestrales que seguro estuvieron  antes que sus  abuelos, en la pequeña parcela que heredaron.  Algunos vendieron para buscar  porvenir en otra parte. Entonces llegó el cultivo de yuca y la rallandería como opción económica para algunos,  y para la pequeña comunidad  este mercado fue una salida para el sustento. Asumieron su  grado de responsabilidad en el desastre que le  ocasionaron al río. 

“El dueño de la rallandería no es  de aquí   y  no conoce  lo que significa el río para nosotros. Contamos con acueducto, pero hay familias que todavía toman agua del río y ante cualquier reclamo o intento de que esta empresa se haga responsable de daños causados, siempre se nos recuerda que somos también parte del problema”. 

Ha bajado muchísimo el turismo; muchas personas que iban al río tuvieron brotes en la piel por causa de los desechos que vierte la rallandería. A esto se suma que otros foráneos también han puesto cocheras sin regulación, y vierten los desechos porcinos al río. Muchos animalitos endémicos casi ya no se ven, lo mismo que plantas que eran muy típicas en esta región. 

Las duras circunstancias no han afectado su alto sentido de comunidad. La Capilla, este lugar que antes fuera un símbolo de represión y sometimiento para sus ancestros,  hoy es el faro de su comunión.  “No dejamos de celebrar la fiesta del Divino Niño en Diciembre o la bella celebración de la Virgen del Carmen, y  la de nuestra patrona, Santa Bárbara. Estas celebraciones llevan el sello de nuestra tradición con los alabados, nuestra comida, nuestros bailes. Son muy representativas del norte del Cauca. Y, a pesar de que ya hay muchas familias evangélicas en la vereda, la mayoría sigue asistiendo a estas celebraciones católicas por ese sentir comunitario”. 

Otra expresión muy representativa de la vereda son las fugas, cantos que la tradición ha mantenido durante siglos. En el pasado, el domingo no solo se aprovechaba para celebrar matrimonios, nacimientos o bautizos. También se ponían en escena los cantos que se iban practicando en las horas de trabajo, las fugas que hablaban de un pasado y de la alegría porque alguno  había logrado su libertad. 

Las fugas son  cantos de libertad, distintos a los alabados,  que son sus cantos religiosos. Y de esto nació, hace unas décadas, la agrupación de los Alegres Negritos de Dominguillo, fundado por la maestra Cipriana Carbonero de Lasprilla, que incursionó en diversos escenarios por el país, y que estuvo presente en importantes eventos como el Mono Núñez o en el que hoy se conoce como Petronio Álvarez.  Cada 24 de Diciembre  se celebraba la fiesta de Reyes Magos, considerada fiesta patronal, donde se bailaban fugas. 

Hoy día, la vereda de La Capilla sigue  poblada por descendientes de los antiguos negros libres de Dominguillo, la simiente de Faustina Mina, según la tradición local, la compañera de don Mariano del Campo Larrahondo. . . Cada día llegan más foráneos para hacerse con un lugar de escape  al  estrés de la ciudad, y lo que uno esperaría es que llegaran con el mismo sentido de pertenencia y comunidad que muchas familias conservan en la vereda. No es siempre el caso. Los  saberes y la historia están también amenazados por la falta de interés de los más jóvenes, que se ven más atraídos por mundos ajenos al de su propia  tradición.  Siguen  al frente porque no quieren perder aquello por lo que lucharon, s la posibilidad de elegir su  destino y bienestar, sin olvidar nunca el valor de conservar la naturaleza y las tradiciones ancestrales.  

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