Memoria de la vereda de El Toro
Entre fuegos. Ni reparación ni olvido
Luis Gabriel Henao Orozco
La vereda El Toro, que hasta mediados del siglo XX hizo parte de la jurisdicción asignada a la vereda Dominguillo, es un caserío que bordea la cordillera central, con población afrodescendiente. Es una comunidad pacífica, que vive de la agricultura en su mayor parte. Según cuentan sus pobladores, los negros esclavizados debían atravesar permanentemente la finca Caucania, razón por la cual el dueño de entonces se compró un toro bravísimo que infundía temor e impedía el paso por el sector. Siempre que se intentaba pasar por allí, aparecía el toro y gente huía gritando: ¡El toro!, ¡El toro!. Cuando se estaba definiendo el nombre de la vereda, la gente le dio este nombre a su territorio.
Este relato, constituye el producto de un ejercicio de memoria llevado a cabo para registrar las vivencias personales y colectivas de un hecho de violencia padecido por la comunidad, del que, por sus lazos solidarios y la fe de sus habitantes lograron salir, aunque perdio una vida que no era de la vereda.
La madrugada del viernes 2 de febrero de 2001, doña Justina salió de su humilde vivienda en la vereda El toro, del municipio de Santander de Quilichao, cuando el sol todavía se resistía a amanecer, para dejar unas hortalizas en la finca de Los Coronados. Los avistó en el cruce del Sinaí: una cuadrilla de uniformados, que reconoció que no eran del Ejército, y que le preguntaron si se encontraban en El Toro. Doña Justina les respondió que sí, y temiendo lo que se decía en los noticieros sobre el avance de los paramilitares por el Cauca, se preparó para estar antes del medio día en un cruce de caminos llegando a la salida a Santander, para esperar allí y darle aviso a Otoniel, su hijo mayor, que había salido desde su casa de Vilachí hacia su trabajo en la cabecera municipal, y quien solía pasar por su casa en El Toro cuando volvía. Por el camino se enteró, por los vecinos de la zona, que los paramilitares ya habían asesinado a una persona cerca a la entrada de la finca la Caucania, allí mismo en El Toro; al parecer un motociclista, residente de La Capilla, que se había negado a dar vuelta ante la orden de uno de los uniformados. Doña Justina lamentaba el hecho, pidió a Dios por el alma del difunto y sintió pena por la comadre que había perdido un hijo, cuyo cuerpo yacía expuesto al lado de la carretera, tal vez como advertencia para los que por allí se desafiaran a pasar. Pero no pudo negarse al alivio de saber que no era su hijo, quien también se movilizaba en motocicleta.
El frío de la cordillera se hacía sentir en su calma de luciérnagas cuando el esposo de Doris salió a trabajar a las cuatro de la mañana. Mercaban, como todos en la vereda, los días sábado; por eso apenas si le quedaba reserva de la remesa, con lo que hizo plátano frito y aguapanela para el desayuno. Mientras veía a sus hijos respirar un sueño tranquilo, aguardó mirando hacia el cerro de Munchique a que el cielo alumbrara al sol. El Toro era un caserío pacífico, se sabía que la violencia por esos años se estaba recrudeciendo en el suroccidente colombiano: el mes pasado nada más, se supo por las noticias y las gentes del pueblo, de las masacres de San Francisco, en Buenos Aires y Lomitas, también en jurisdicción de Santander de Quilichao. Antes de ese día esa violencia se vivía en otras partes, y la joven población de la vereda no había vivido en carne propia el conflicto armado del país. Por lo mismo, se guardaban en una acordada neutralidad. No era extraño ver pasar milicianos, miembros de la guerrilla, que subían y bajaban de su dominio en la cordillera. La comunidad siempre había creído que la respetuosa distancia que mantenían con los uniformados los había librado hasta entonces de quedar en medio del conflicto.
Así que cuando un joven blanco, rubio, de ojos azules y camuflado que no era distintivo ni del ejército ni de los milicianos, tocó a la puerta, se presentó y le preguntó a Doris si sabía quiénes eran ellos, la mujer recordó de inmediato el mandato sagrado de no ofrecerles nada, para evitar represalias del contrario si llegaban a venir. Efectivamente el hombre le preguntó si tenía algo de comer, a lo que la joven mujer le respondió que no, que no tenían nada, y antes de que el uniformado ingresara a inspeccionar, escondió lo que había preparado para su esposo. Al percatarse de que en verdad no tenían comida en aquella casa, el joven rubio bajó su morral de dotaciones y sacó una bolsa de Chocolisto y una paquete de galletas Ducales y se lo dio a Doris.
-Vea, dele a sus hijos.
Luego le dijo que en un rato debía dirigirse a la finca del señor Joaquín, en la parte baja de la vereda, donde se iba a llevar a cabo una reunión con la comunidad.
- Vaya antes que lleguen otros que no son como yo, que son malos de verdad!. Vaya para que no le hagan nada – le dijo, antes de salir y alejarse camino abajo.
Doris le hizo caso al hombre tal cual, sin estimar aun lo que estaba por sucede. Se alegró del breve alivio a las carencias que estaban pasando en su familia, preparó el Chocolisto y se lo dio a sus hijos. Luego, tomándolos de las manos, salió por la misma ruta que había tomado el paramilitar.
Situaciones similares se vivieron en todas las viviendas de la vereda, a donde fueron llegando uniformados para ordenar a los adultos que se dirigieran a la finca de don Joaquín para una reunión con la comunidad. Susana estaba entonces en su último mes de embarazo cuando vio llegar al paramilitar, que se sentó en el corredor, sacó una vianda de su mochila y comenzó a comer arroz con atún, repartiendo su ración con sus otros niños.. Cuando éste dio la orden de ir a la reunión, le preguntó que si dada su condición ella debía ir. Él le dijo que no, que se quedara encerrada con sus hijos. Eran ya las seis de la mañana.
Hacia las seis treinta, otro uniformado llegó a la vivienda de Ruth, que atendía a su niño de dos meses de nacido. El paramilitar permitió también que se quedara cuidando al bebé. En cambio, a Laura, el joven con camuflado de soldado del ejército, no le ordenó que fuera para la finca. Se quedó un rato con ella, le habló de su pasado como soldado, de que estaba allí porque necesitaba dinero para comprarle una casa a su mamá. Hasta esa hora, los paramilitares habían tratado a la población con respeto, pero la situación comenzó a descomponerse cuando en una de las casas de la parte alta de la vereda encontraron, al parecer, cartuchos de bala. A las personas que habían reunido en la finca, les preguntaban por los milicianos de la guerrilla, pero nadie informaba nada, que no sabían de ellos, les decían.
El grupo armado comenzó a desalojar a los pobladores desde la parte alta, esa vez al mando de un líder agresivo, un negro con un sombrero grande, que a Laura le recordó a Samuel Azuka, el villano de la película Lágrimas del Sol. La violencia comenzó a recrudecer cuando a los paramilitares comenzaron a dispararles desde la montaña, al parecer milicianos que habían atendido una petición de auxilio de alguien de la comunidad que nunca se supo quién fue. Entonces fue cuando el militar que acompañaba a Laura, emprendió huida hacia la finca, y le gritó: -¡Corra si quiere salvar a sus hijos!- . Ella solo se llevó a los dos menores, y al llegar se encontró con la mayoría de la comunidad retenida en el lugar. Ruth y Susana también fueron llevadas allí.
La única escuela que funcionaba entonces en la vereda estaba ubicada en un lote donado por doña Mariana, quién ejercía allí mismo como docente y que había transmitido su vocación a sus hijas que trabajaban en la capital del Valle.. Ese día estaba sola con sus nietos y su esposo, postrado por una enfermedad. Los hombres armados llegaron a su casa tumbando la puerta, revolcaron todo buscando armas, e hicieron que levantara a su padre para obligarlos a él y a ella a dirigirse al sitio de reunión. Cuando la refriega de las balas iba acercándose cada vez más al lugar de concentración de los paramilitares, con la mayoría de la población retenida, uno de los uniformados le sugirió a su mando que regresaran al viejo, que se veía muy mal. El hombre miró al anciano enfermo y luego le dijo a su subordinado: - Para qué, si de todas formas se va a morir.
Cuando Doris llegó a la finca de la reunión, se encontró con los hombres de la vereda, incluido su marido, que habían sido retenidos de camino al trabajo. Las familias reunidas recibieron amenazas y trato soez por parte de los paramilitares, que se justificaban diciendo que les habían pagado mal la amabilidad con la que habían llegado, pues supuestamente habían mentido cuando les preguntaron por la presencia guerrillera. Doris sintió que desfallecía, miró a su marido y le dijo “hasta aquí llegamos”. El hombre al mando al ver a la mujer pálida y temblorosa, le preguntó qué le pasaba.
-Es que ella sufre de gastritis – Respondió el esposo.
El uniformado, con el mismo tono de mando, le indicó entonces.
-Ahora que llegue a la casa le da miel de purga.
Entonces Doris sintió el alivio esperanzador de que de allí saldrían con vida.
A Susana las personas le ayudaron a acomodarse, la acostaron sobre el suelo y la ventilaron para ver si así le disminuía la presión arterial. Laura, mientras tanto, hacía lo posible por calmar a su hijo menor, que no dejaba de llorar y decir que los iban a matar. El niño jamás superaría aquel trauma, y creció como un niño agresivo y asustadizo ante la presencia de uniformados. Ruth no soltaba nunca a su bebé, a quien tampoco se atrevía a limpiar, temerosa de lo que sucediera. Entonces comenzaron a rozar las balas, y se dieron cuenta de que los paramilitares los estaban usando como escudos humanos: tuvieron que gritar y hacer señas para que los milicianos supieran que había civiles en el lugar. El mando paramilitar fue informado que la guerrilla los superaba ampliamente en número, así que decidieron emprender la huida. No cesaron de combatir mientras se replegaban; algunos habitantes se tiraron por zanjas para regresar corriendo a sus casas, pero la mayoría se metió al hueco de una piscina, unos encima de otros. Allí vieron que se llevaban herido a uno de los paramilitares. También se enteraron que cinco jóvenes de la comunidad habían sido llevados con ellos para que les ayudaran con la carga de los suministros. Uno de los cinco era César, hermano de Otoniel.
A la cabecera de Santander de Quilichao llegaron los rumores de que las autodefensas se habían tomado las veredas del sur. Unos decían que estaban en San Pedro, otros que en El Toro, así que cerca del medio día, cuando Otoniel se dispuso a regresar a Vilachí, no sabía por cuál ruta ir.
“ Yo digo que ese día no me encontré a esa gente de frente en el camino, porque mi Dios es grande y mi mamá estaba pendiente” Recuerda Otoniel, veintitrés años después de lo sucedido. Decidió subir a Vilachí por El Toro, como era su costumbre, y no se enteró cómo su madre supo que quería regresarse por la misma ruta. La encontró en un cruce antes de la entrada en la vereda. Allí le previno que no siguiera con el rumbo, por lo que Otoniel dijo entonces que tomaría la ruta por San Pedro. Le avisó también sobre la persona asesinada saliendo por ese camino. Sin perder más tiempo, tomó su moto de vuelta a Santander, para de allí seguir hacia Vilachí por el camino de San Pedro. A la altura de la finca de la Caucania, vio el cuerpo del hombre todavía tendido sobre la carretera a pocos metros de la motocicleta. Pisó a fondo el acelerador y llegó a Santander tan rápido como lo dejaron sus nervios. Por el camino de San Pedro a Vilachí, le extrañó percatarse que no era cierto que el ejército estuviera haciendo presencia en la zona. Al llegar a la vereda se enteró de que Clara, había “cogido monte” con otros padres de la comunidad, buscando camino y sorteando el enfrentamiento entre paramilitares y guerrilla hacia Páez, donde el Cabildo había avisado que más de un centenar de niños estaban bajo su custodia, provenientes de la vereda del Águila, donde la escuela había quedado en medio de una lluvia de balas de lado y lado, en plena jornada escolar.
Mercedes, que contaba con 10 años, recuerda hoy que no era todavía el descanso de la jornada diurna cuando un mortero fue lanzado por los paramilitares, destrozando la ventana de un aula y cayendo a uno de los patios, sin explotar. Nada se sabía hasta ese momento de la incursión que horas antes habían iniciado las autodefensas en El Toro. Mucho menos, que el objetivo principal de la operación era la vereda donde estudiaban ella y muchos otros niños de Vilachí. Alicia, su mejor amiga, que tampoco pasaba de los diez años, comenzó con síntomas de crisis nerviosa, por lo cual a Mercedes le tocó tragarse su propia angustia y sacar fuerza de donde no la tenía, para que su compañera de juegos y de clase no se hundiera en la desesperación. Los profesores corrían de un lugar a otro sin saber lo que sucedía. Luego, durante casi una hora, permanecieron agazapados en el piso a merced de las balas, hasta que milicianos hicieron presencia y organizaron a los profesores para que iniciaran la evacuación de las niñas y los niños. Así se dividieron en dos grupos, y tomaron rumbo hacia Paéz, a tres kilómetros de la vereda, andando a gatas todo el trayecto, y atendiendo siempre las señales de los milicianos para detenerse, tenderse en el piso o seguir. Más de doscientos niños llegaron con sus piernas lastimadas a la aldea de Páez. De inmediato, los milicianos dispusieron de motociclistas para que llevaran de a dos en dos los niños que vivían en Vilachí y otras veredas aledañas. Alicia se aferraba al cuerpo de Mercedes en el recorrido hacia casa.
El grupo de padres que encabezaba Clara, no llegó ni a El Águila ni a Paéz, pues en la trocha que tomaron, se encontraron a un grupo de más de una decena de niños y niñas que habían huido del enfrentamiento en la escuela, mucho antes de que iniciara la evacuación. Clara y los demás asumieron el cuidado de los niños para asegurar su regreso, y volvieron con ellos a Vilachí. A pocos metros, percibieron que los milicianos los escoltaban, sin acercarse, para evitar ponerlos en peligro, debido a los hostigamientos de las autodefensas que continuaban disparando. Llegaron a la vereda sanos y salvos.
En El Toro, el sonido de las balas fue internándose en el monte, pero era lo suficientemente violento para que las gallinas continuaran revoloteando de un lado para otro. Cuando finalizó la contienda, algunas familias optaron por marcharse a donde algún familiar en Santander o algún otro lugar lejos de los combates; otras, se quedaron en la vereda, en casa de vecinos, compartiendo como cama el suelo de la sala, con los niños sobre ellos. La noche fue larga y llena de temores. Otoniel regresó a Santander y desde las calles de El Porvenir, veía con vecinos las luces que como estrellas fugaces cubrían las laderas de la cordillera en ráfagas. Mercedes nunca se recuperaría de ese día. Veintitrés años después, seguiría teniendo ataques de ansiedad cuando presenciaba un espectáculo de pólvora que por acá llaman El Castillo, y que de niña, antes de lo sucedido en el Águila, era de las cosas que más disfrutaba en la vida.
Otoniel comenta que le es imposible librarse del impacto que este golpe le dejó. Tiempo después de la toma, fue a prestar su servicio militar obligatorio. Allí fue testigo de la manera como el Ejército Nacional prestaba a sus hombres para maniobras de las autodefensas. Él mismo llegó a recibir un fajo de billetes que los mandos paramilitares ofrecían por su “colaboración”. Luego, su hermano, que había sido liberado por los uniformados horas después de que se lo llevaran para que ayudara a cargar suministros cando estos huían de El Toro, fue acribillado por las autodefensas, con total permisividad del Ejército. Y como si fuera poco a este segundo golpe, a la comunidad no llegó ningún tipo de ayuda cuando años después comenzaron los procesos de reparación de Justicia y Paz. Gente de otras veredas se hizo pasar por víctima, para recibir los beneficios que los habitantes de El Toro habían gestionado previamente con funcionarios del gobierno.
Hasta hoy, la comunidad de El Toro manifiesta que no comprende las razones por las que fueron atacados por ese grupo ilegal. Suponen que la marginación y el señalamiento de siempre, por ser una comunidad afrodescendiente, y el hecho de que tuvieran como vecinos un resguardo indígena y un territorio dominado por la guerrilla. Mucho más tarde se sabría que las AUC de Colombia, con el Bloque Calima, que sembró el terror en los departamentos de Valle y Cauca, había recibido recursos de un civil del municipio de Buenos Aires, quien había solicitado a Ever Veloza García, alias “HH”, que le ayudara conla liberación de un familiar secuestrado por el Sexto Frente de las Farc, que, según información obtenida, se hallaba en la vereda de El Águila, vecina de la vereda El Toro. Así, se dispuso una operación de rescate de ésta y otras personas secuestradas. Las autodefensas llegaron a esta comunidad sembrando el terror y asesinaron a una persona, buscando la información que les permitiera cumplir con el objetivo de la liberación encomendada. Esta misión impactaría para siempre la vida de la gente... Como dijo Mercedes cuando contaba que los paramilitares habían lanzado un mortero a una escuela llena de niños: -Está en la naturaleza de esta gente hacer eso.
Aún hay zozobra en la comunidad, sobre todo cuando recuerdan con temor que varios morteros que se dejaron sin explotar están perdidos en algún lugar entre la maleza, acechándoles, Dios no lo quiera , para mostrarles que la desgracia de aquel día no ha cesado.
La vida ha continuado para esta comunidad resiliente, que no deja de sentir nostalgia y necesidad de justicia. Hay un reporte en la Fiscalía sobre la situación vivida y el derecho a la reparación; indudablemente las voces y los rostros evidencian que dicha reparación nunca llegó.
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